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En el comercio internacional no todos juegan con las mismas reglas

Los datos hablan por sí solos. A finales del siglo XX, las tres personas más ricas del mundo tenían activos que superaban el PIB combinado de los 48 países menos adelantados, donde habitaban 581 millones de personas. Pero con el cambio de siglo las cosas no cambiaron y según el Informe sobre Desarrollo Humano de 2010 del Programa de Desarrollo de Naciones Unidas (PNUD), “por cada país donde la desigualdad ha disminuido en los últimos veinte años, aumentó en más de dos”. Si nos fijamos en lo que se conoce como pobreza multidimensional, es decir, aquellos que son pobres absolutos en varias dimensiones como la salud, la nutrición, la educación, la vivienda, el acceso a la electricidad y saneamientos o la disponibilidad de agua y disponibilidad de combustible para cocinar; vemos como más de 1.750 millones de personas se encuentran en esta situación, lo que supone el 25% de la población mundial. El número de personas muy ricas ha aumentado desde el año 2000 hasta el 2009 en casi el doble y los millones de personas subnutridas sigue sin parar de aumentar y la cifra supera ya los más de 1.000 millones de individuos. Podríamos seguir dando más y más datos pero en resumen se podría decir que el mundo es hoy más desigual que en cualquier otro periodo desde la Segunda Guerra Mundial.

Autor: CECJ

Los mecanismos injustos del comercio internacional y la desregulación con la que operan las grandes empresas favorecen esa concentración de riqueza e impiden, al mismo tiempo, la redistribución de los beneficios empresariales para luchar contra la pobreza. El comercio internacional, tal y como se plantea desde las lógicas neoliberales, deja fuera de su acceso a millones de personas que podrían beneficiarse de la capacidad de éste para reducir la pobreza. Las desigualdades entre las zonas enriquecidas y empobrecidas se han acrecentado en las últimas décadas, ya que las normas y las instituciones que rigen el comercio internacional favorecen a los países desarrollados y no permiten a los países menos adelantados (PMA) su derecho a la soberanía alimentaria y a decidir si quieren formar parte del comercio internacional y de qué manera quieren hacerlo. La soberanía alimentaria es definida por el Movimiento Vía Campesina como: «El derecho de los pueblos a definir sus propias políticas de agricultura y alimentación, a proteger y regular la producción y el comercio agrícola interior para lograr sus objetivos de desarrollo sostenible, a decidir en qué medida quieren ser autónomos y a limitar el dumping de productos en sus mercados».

Según la organización Oxfam International, si tan solo se viera incrementado un 1% la participación en las exportaciones mundiales de África, América Latina y el sudeste asiático, el aumento de los ingresos podría liberar a 128 millones de personas de la pobreza. En teoría desde los países más desarrollados se trabaja para buscar formas de reducción de la pobreza, pero las prácticas económicas y comerciales muestran como la lógica sigue siendo que para el crecimiento económico de muchos países, otros tienen que hundirse en la pobreza.

Los países desarrollados actúan bajo la premisa: libre comercio o proteccionismo, según convenga. Y esto puede verse, por ejemplo, en que las exportaciones de los países en vías de desarrollo hacía los países ricos se enfrentan a barreras arancelarias cuatro veces superiores que cuando esto sucede al revés, siendo por tanto unas normas comerciales consideradas injustas e hipócritas por parte de los países ricos. Lo mismo sucede cuando desde organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Mundial (BM) se presiona a los países empobrecidos para que abran sus mercados de manera abrupta, con las consecuencias negativas que tienen en muchos casos para éstos, mientras que los países del Norte actúan con barreras proteccionistas a productos que provienen del Sur. Según el PNUD “de abolirse todas las barreras que imponen los países ricos a las mercancías de los PMD, el aumento de las exportaciones equivaldría al doble de lo que reciben en concepto de Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD)”.

La hipocresía es la base del comercio internacional haz lo que yo digo, no lo que yo hago. La actuación de los países ricos, que dicen tener entre sus máximas acabar con la pobreza, no se corresponde con las prácticas del comercio internacional que demuestran sino todo lo contrario. Porque libre comercio, no es lo mismo que comercio libre.

¿Hacia dónde queremos que vaya el Comercio Justo?

Autor: CECJ-M.Charlón

Los datos anteriormente citados ya dejan claro el porqué existe el Comercio Justo como alternativa surgida en los años cincuenta al sistema de comercio convencional injusto y desigual que hemos descrito. Responde a la necesidad de que el comercio mundial y la producción estén al servicio de las personas teniendo como ejes principales los derechos de los trabajadores y trabajadoras y el respeto al medio ambiente.

Muchos expertos señalan como el Comercio Justo se encuentra en un momento de su desarrollo clave en el que los movimientos y las organizaciones que trabajan en este campo deben decidir qué camino tomar. La pregunta base para la reflexión es: ¿Hacia dónde queremos que vaya el Comercio Justo?

Quizás los mayores debates y discrepancias se empezaron a dar en nuestro país cuando en marzo de 2004 la Coordinadora Estatal de Comercio Justo aprobó la Iniciativa Nacional del sello FLO para certificar los productos del Sur en España. Desde la perspectiva tradicional y dominante, discurso apoyado por Oxfam, se defiende que el objetivo se encuentra en aumentar las ventas de los productos para que esto reporte los máximos beneficios a productores del Sur. Pero, ¿a qué precio? El precio ha sido que las grandes superficies hayan entrado a vender productos de Comercio Justo, por ejemplo en España el consumo de estos productos creció un 6% en 2012 alcanzando los 28 millones de euros. Esto son datos del informe El Comercio Justo en España 2012. Alianzas en movimiento. Aunque dicho estudio también destaca que a pesar de que se ha producido un aumento en la venta de productos de alimentación, ha caído la venta en las tiendas de Comercio Justo como también de los artículos de artesanía.

Se ha permitido que empresas como Nestlé, Mcdonalds o grandes superficies como Carrefour vendan productos de Comercio Justo cuando ellos son el máximo exponente de la injusticia y los abusos hacia los productores del Sur. Que las grandes cadenas o superficies comerciales vendan este tipo de productos es más bien para ellos un lavado de cara para su imagen. ¿Realmente les preocupa que el comercio sea más justo y equitativo cuando en sus vitrinas siguen estando productos que violan flagrantemente los derechos humanos y los derechos medioambientales? La respuesta es un rotundo no. Quizás el camino que debe seguir el comercio justo es alejarse de que el único objetivo sea ampliar los mercados y lograr el aumento de las ventas independientemente de quién y cómo lo venden.

Pero ¿Cómo se logra que las grandes superficies vendan productos de Comercio Justo? A través del sello FLO (Fairtrade Labelling Organization). Este sello difiere mucho de la certificación que realiza por ejemplo la IFAT (International Fair Trade Association) o los llamados sellos participativos que son certificaciones de los procesos de producción y comercialización controlados por los propios productores. El sello FLO certifica las condiciones de trabajo y elaboración de los productos del Sur sin tener en cuenta quien los distribuye ni quien los comercializa en los países del Norte. Muchos críticos destacan como el sello FLO reduce la capacidad de control del pequeño productor sobre el proceso de comercialización de su producto. Las relaciones de Comercio Justo pasan a basarse en muchos casos en una relación comercial en donde el buen precio que ofrece una cadena comercial obliga a los productores a vender sus productos a estas grandes superficies sin que estén de acuerdo con el sistema comercial que estos emplean. Además, se dan muchos casos en los que la demanda de productos alimentarios aumenta en tal medida que los productores de Comercio Justo se ven obligados a aumentar la producción y a centrarla en pocos productos. Aliarse con los poderosos abre caminos fáciles y con resultados rápidos, pero lo que nos deberíamos plantear es si queremos ir en esta dirección o queremos que el Comercio Justo no se aleje de sus planteamientos morales y éticos por el simple hecho de aumentar las ventas más y más.

María Álvaro Navarro.

Periodista valenciana afincada en Madrid. Dedicada a la comunicación de temas sociales. Ha trabajado en el departamento de comunicación de Cruz Roja Española y actualmente lo hace en Greenpeace España. Se une al equipo de Miradas por el Desarrollo en marzo de 2014.

Imágenes: Coordinadora Estatal de Comercio Justo.

 

Bildelberg: ¿realidad o ficción?

A estas alturas de la historia el nombre ya suena a bastantes ciudadanos: el Club Bildelberg saltó del todo a la palestra pública a raíz de la publicación del que sería un best seller mundial, de la pluma de Daniel Estulin en el año 2006: ‘Los Secretos del Club Bildelberg’. A esta siguieron otras obras que pretendían arrojar luz sobre los movimientos más opacos del poder económico mundial que podrían suponer, ni más ni menos, que gobernancias paralelas al margen del control ciudadano. Todo lo que rodea a este club lo hace con un halo de secretismo y hermetismo, pero conocer su existencia y las teorías que le rodean es una herramienta de análisis de la actualidad que el ciudadano comprometido no se debe perder.

 

Los primera reunión del club se remonta a 1954 en el Hotel Bildelberg que le da el nombre, en la ciudad de Oosterbeek (Países Bajos). La inicial motivación de las reuniones de la élite mundial era la de afianzar lazos entre Europa Occidental y Estados Unidos, ante la influencia de la Unión Soviética. No fue sino un reflejo de la situación que a gran escala representaba la propia Guerra Fría, cuando el Plan Marshall ayudaba a Europa para su reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial. En origen se plantearía que de cada país acudiese un representante conservador y otro progresista, pero esta norma no cuajó, y finalmente se sentarían en las reuniones ni más ni menos que representantes de las élites económicas, políticas y empresariales de los países en cuestión.

 

El secretismo es la seña de identidad más genuina de este club, aunque se va desgastando. Los asistentes varian de una reunión a otra y acuden previa invitación. Solo existe un Comité Central fijo donde a España nos representa Juan Luis Cebrián, y las listas de invitados oscilan entre los ciento veinte y ciento cuarenta invitados, los cuales deben acudir solos, sin familia. Los asistentes personales no pueden acceder a las reuniones. Se alquila un hotel de lujo entero para el evento, que suele costar alrededor de diez millones de euros por reunión. Son protegidos minuciosamente por cuerpos de seguridad del país donde se encuentren, e incluso llevan sus propios cocineros, camareros y personal de seguridad.

 

El Club Bildelberg no es un gobierno mundial, según ha declarado a diferentes medios el periodista e investigador Daniel Estulin, aunque sí es el resultado de la muerte del Estado Nación como se conocía, en tanto que supone un aunar de fuerzas de las élites financieras mundiales defensoras del modelo de economía capitalista o de mercado, por encima de los gobiernos particulares y electos de los países de los asistentes. La ideología política no es que sea solo relevante, es que es única: la derecha conservadora, el marco en el que se defienden los intereses de las élites económicas, como no podía ser otro. No es que tengan por qué declarar sobre su ideología, pero si nos fijamos en el caso de los asistentes españoles, en las últimas reuniones y para poner algunas caras, la Reina Sofía, Ana Patricia Botín, Dolores de Cospedal, Joaquín Almunia, Pedro Solbes, Loyola de Palacio, Juan Luis Cebrián o José Manuel Entrecanales han compartido debate con el resto de la élite económica mundial. Ninguno de estos personajes se caracteriza por un izquierdismo reconocido, más bien todo lo contrario.

 

En cada una de las reuniones se tratan temas de interés para los allí presentes. La crisis económica viene siendo el tema estrella pero no el único. En la última reunión, celebrada el pasado mes de junio de 2013 en Reino Unido -de la que por cierto, los mass media españoles se han hecho muy poco eco- los temas sobre los que han girado las conversaciones han sido, según datos de El Confidencial: el crecimiento de China, las impresoras 3D y la soberanía alimentaria mundial.

 

El crecimiento de la población mundial es algo que al parecer les preocupa tanto que hay quienes sostienen que la élite mundial urde un plan de reducción drástica de la población terrestre con el cual irían en sintonía medidas póliticas de nuestro día a día, como los recortes sanitarios en España, las dificultades de la reforma sanitaria en Estados Unidos, y tantas medidas que se traducen directamente en costos de vidas humanas en devirsos países -Grecia, Italia, Portugal son otros ejemplos-. Todo ello obviando hambrunas, crisis humanitarias, guerras y demás teatros del exterminio que no parecen tener fin en la historia de la humanidad. Con esto no pretendo afirmar que que las medidas políticas se hayan determinado en el foro Bildelberg, sino que en el pueblo, ajeno al secretismo de las élites, observa y saca conclusiones que pueden ser o no ciertas, pero que no se pueden afirmar ni desmentir por la propia falta de transparencia del club en sí.

 

Si observamos más de cerca el caso de nuestro país, la protesta social generalizada en los últimos años de la crisis denuncia constantemente que la política se hace para los bancos y las grandes empresas: tanto desde aquí, como a través de la Troika. Es aventurado pensar que las resoluciones que más perjudican al pueblo tengan algo de relación con las reuniones de Bildelberg, y de hecho no lo afirmo porque la propia opacidad del grupo impide corroborar lo que solo debe ser tomado como idea incontrastable a través del Club. Lo que si es llamativo es que los personajes que se sientan en las reuniones jamás salgan perjudicados en en ningún recorte masivo de gasto público, sus empresas crezcan en un contexto de crisis donde la mayoría zozobran -véase Inditex- o los propios Estados velen por sus intereses hasta el punto de regalarles cantidades ingentes de dinero público que ni se les llega a exigir de vuelta -como se ha hecho en el rescate bancario.

 

Sin ánimo de alimentar ideas conjuristas y apocalísticas sobre un gobierno mundial a la sombra, lo cierto es que la idea de que no somos gobernados por quienes se sientan en nuestros Parlamentos está muy extendida desde hace mucho tiempo entre los ciudadanos. Se oye hablar de los intereses de las grandes multinacionales, muy difíciles de desvincular del Club Bildelberg teniendo en cuenta que a la última reunión, por ponerla de ejemplo, acudieron representantes de: Barclays, Axa seguros, Inditex, Novartis, Shell, Financial Times, Grupo Prisa, Goldman Sach, Michelin, Mediobanca, Microsoft, Siemens, Grupo Kudelski, Johnsons, Rockefeller Broadcast Company, HSBC, BP, Heineken o Amazon entre otras muchas compañías. Aliñados con la presencia de numerosos Ministros de Economía y representantes de instituciones como en Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial.

 

Estulin afirma en sus libros que el Club ya tiene poder e influencia para imponer su política en cualquier parte del planeta, ya que controla al Presidente de los Estados Unidos, al primer ministro de Canadá, a los principales medios de comunicación occidentales, a los políticos, financieros y periodistas más importantes, a los bancos centrales de los principales países, a la Reserva Federal de los EEUU y su suministro de dinero, al FMI, al Banco Mundial y a la ONU.

 

Según la página oficial del Club Bilderberg, en esas reuniones “no hay una agenda detallada, ni se proponen resoluciones, ni se toman votos ni emiten opiniones políticas”, no dan más explicaciones acerca de lo que pasa de puerta para dentro. Por su parte, The Times publicó en 1977 una definición del club como “una camarilla formada por algunos de los hombres más ricos, poderosos e influyentes de Occidente que se reúnen secretamente para planear eventos que después, simplemente, suceden”.

 

Ciertamente, lo de este Club parece una leyenda oscura propia de los novelistas más retorcidos. Desde este artículo se exponen algunas de las opiniones e ideas que se han publicado sobre los objetivos y naturaleza de Bilderberg, un foro elitista que se reúne para nada concreto y sin motivo aparente, pero que lo hace al margen de cualquier orden democrático que pueda controlar las opiniones vertidas por algunos representantes del pueblo que también se sientan allí. Eso si es cuestionable, y es demostrable: sin ninguna consecuencia, un Ministro de un país democrático acude a reuniones bañadas de secretismo y que dejan al margen al pueblo que le ha otorgado su cargo.

 

Alba Sánchez Serradilla