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Después de ser niño soldado

Las denuncias de diferentes organizaciones evidencian el uso de menores de edad como soldados en los diversos conflictos armados que vive el mundo actual. Su reinserción en la sociedad tras esta traumática experiencia es complicada, repleta de rechazo y obstáculos, pero no imposible.

niño soldado
El pasado 12 de febrero se conmemoró el Día Internacional Contra el Uso de Niños Soldado, una fecha que recuerda un problema que no solo afecta en la actualidad a diversos países, sino que también compromete su futuro como sociedades. UNICEF informaba que la cifra oficial de niños reclutados como soldados, en un país que vive un sangrante conflicto, la República Centroafricana, es de 3.500 aunque según la propia organización el número podría ser mayor y alcanzar los 6.000. Entre los responsables de este atentado contra la infancia se encuentran grupos armados como la Convención de Patriotas por la Justicia y la Paz o el Ejército de Resistencia del Señor, aunque tampoco hay que olvidar el deber no cumplido del gobierno centroafricano y la comunidad internacional de proteger especialmente a colectivos vulnerables como el que forman los menores.

Al igual que República Centroafricana, hay muchos países que han vivido una situación parecida a lo largo de los años. Echando la vista atrás y mirando al año 2002, se puede ver cómo Amnistía Internacional denunciaba el uso de niños como combatientes en conflictos en Costa de Marfil, Uganda, República Democrática del Congo, Liberia, Burundi, Myanmar, Colombia, Sri Lanka, India, Indionesia o Yemen.

Algo que evidencia la enraización o el arraigo que ha ido adquiriendo este problema en la historia más reciente de la Humanidad es el informe Principios de Ciudad del Cabo sobre la prevención del reclutamiento de niños y niñas en las fuerzas armadas y desmovilización y reintegración social de los niños y niñas soldados en África, elaborado por UNICEF en 1997. En este documento se define al niño soldado como “toda persona menor de 18 años de edad que forma parte de cualquier fuerza armada regular o irregular en la capacidad que sea, lo que comprende, entre otros, cocineros, porteadores, mensajeros o cualquiera que acompañe a dichos grupos, salvo los familiares. La definición incluye a las niñas reclutadas con fines sexuales y para matrimonios forzados. Por consiguiente, no se refiere sólo a un niño o niña que lleva o ha llevado armas, sino también a los que prestan servicios de otro tipo para los grupos armados, aunque no participen directamente en el combate”.

A la luz de estas palabras queda claro que el problema se ha ido diversificando, no solo utilizando a los menores como combatientes (algo que alguien podría decir que se hacía también en la Antigua Grecia o Roma, pero que afortunadamente ha sido rechazado por la mayoría de las sociedades actuales), sino también incluyendo la violencia sexual y las drogas en este cóctel de violencia temprana.

Así en un país en vías de recuperarse de sus cruentas guerras civiles como es Liberia, se puede observar el papel que ha adquirido el contrabando de drogas y la adicción que muchos ex niños soldados siguen padeciendo. “En una paradójica ironía, algunos ex combatientes han sido acusados de usar los 75 dólares que les pagaron el año pasado como incentivo del desarme, para comprar drogas. Alrededor de 1.800 soldados recibieron dinero después de entregar sus armas a la misión de Naciones Unidas en Liberia”, recordaba el semanario sudafricano Mail &Guardian en 2004.

Y aún no se despierta

La experiencia de los niños y niñas soldados parece ser una pesadilla de la que es muy difícil despertar, pero no imposible. Según UNICEF, en la actualidad alrededor de unos 300.000 menores han sido reclutados por grupos y fuerzas armadas en todo el mundo. Sin embargo, existen alternativas para todos ellos una vez puedan abandonar estos colectivos que los retienen. La especialista de UNICEF en protección infantil en la República Centroafricana, Fosca Giulidori, asegura que los niños liberados se dan cuenta “de que pueden reanudar sus estudios, que pueden estudiar formación profesional. Que tienen otras oportunidades para su futuro”. Nada de esto es fácil, pues cuando los niños vuelven a sus aldeas natales son mirados con recelo por aquellos supervivientes quienes recuerdan las muertes, violaciones y robos que estos pequeños pudieron llevar a cabo cuando estaban bajo las órdenes de combatientes.

El informe de Principios de Ciudad del Cabo ya señalaba la importancia de la reintegración en la familia y la vida comunitaria, tras desmovilizar a estos menores. Para ello proponía programas a desarrollar con las comunidades, aprovechando los recursos ya existentes y teniendo en cuenta el contexto y las prioridades, valores y tradiciones de dicha comunidad. También afirmaba que es conveniente establecer actividades educativas que consideren la pérdida de oportunidades educativas como consecuencia de su participación en las acciones armadas, la edad y estado de desarrollo del niño, además de actividades que potencien el autoestima del menor.

En este trabajo internacional de 1997, también se señaló la importancia del apoyo psicológico que se debe prestar a los menores, su empoderamiento para que en el futuro puedan tener un trabajo, sobre todo, en el caso de los menores con alguna discapacidad.

autor hdptcar /Flickr
autor hdptcar /Flickr

El contraste entre los papeles y la realidad se ve en la historia relatada por el periodista Hernán Zin, Los niños soldado del Congo, donde se muestra la desmovilización de estos menores en la República Democrática del Congo. El periodista pudo comprobar la ayuda que se prestaba desde el centro BVES, el cual en 2008 acogía a más de 150 menores ex soldados provenientes de los dos Kivus y que en seis años rescató a más de dos mil niños, con un 67% de éxito en su reinserción. “Tenemos 150 niños que pasan tres meses en el centro. Nuestro personal está 24 horas con ellos. Como vienen de grupos distintos, que luchan entre sí, no son raras las peleas, los abusos”, relataba Murhabazi Nachegabe, director del centro.

Este relato de Nachegabe pone de manifiesto la complejidad del proceso. Los niños no solo tienen que abandonar un grupo en el que a través de la violencia han sido socializados y aleccionados para sobrevivir a golpe de fusil, se encuentran de repente en un centro donde comparten y conviven con quienes se les ha enseñado que eran sus enemigos. Al mismo tiempo se retoma su educación, su formación, para que en un futuro puedan ser miembros activos de su sociedad. Y después de eso viene el momento de retomar el contacto con sus familias y comunidades, a través de Cruz Roja, organización que visita a las familias tres meses después de su reunificación para evaluar su bienestar.

Y así una vez tras otra, se intenta pasar la pesada página que ha supuesto para miles de niños esta pesadilla. Lo que pasa por la cabeza de estos futuros hombres y mujeres, pocos lo saben, el recuerdo del horror, de la violencia, de la guerra estará presente o tal vez enterrado en sus memorias. También es cierto que algunos vuelven a las armas fruto de la miseria económica que encuentran al volver al hogar. Pero esa es otra batalla eterna, una historia interminable y que necesita muchas voces y mucho espacio y tiempo para ser contada. Esa pesadilla interminable en la que el Sur es el eterno pobre al servicio del Norte.

Ruth García Hernández

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