Pequeñas-Grandes Revoluciones

Los malos tiempos no siempre así lo fueron. Las buenas rachas no son eternas. Y lo parezca o no son las personas las que cambian las situaciones. El mundo está lleno de estos revolucionarios, que no sin el apoyo de un pueblo, lograron transformar lo que parecía imposible y conseguir escenarios de justicia e igualdad. Mandela solo ha sido un ejemplo de ellos, pero la historia de la Humanidad, por fortuna, cuenta con muchos de estos hombres y mujeres valerosos.

 

Durante los últimos días el panorama internacional se ha teñido de luto con la muerte de Nelson Mandela. Para despedir al líder sudafricano se han dado cita mandatarios de todos los rincones del mundo. Las alabanzas han sido constantes hacia el que fuera una de las figuras más relevantes de la lucha contra el régimen racista del Apartheid que dominó Sudáfrica desde principios de la década de 1960 hasta 1992. Este sistema que segregaba a blancos y negros perduró en el tiempo por más de treinta años. Muchos nacieron, se criaron y maduraron en él, por lo que se podría decir que fueron socializados en él. Estas personas podrían pensar que el sistema era justo o injusto, pero no es aventurado decir que muchos lo consideraban su realidad, ‘lo normal’ ‘lo que hay’.

 
Sin embargo, Mandela no se conformó con esta realidad, luchó, fue a la cárcel con una condena de cadena perpetua, fue tachado de terrorista (por muchos de los que hoy le elogian) y, tras años y años de lucha, logró junto a su pueblo un cambio real. La igualdad llegaba a Sudáfrica en el plano político (las variantes económicas y sociales son otra cosa, pues aún quedan muchas batallas en este sentido en todo el continente africano) y Mandela se convierte en presidente y emblema de la igualdad entre blancos y negros.

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En esta misma lucha por la igualdad racial también se encuentra a una mujer, una verdadera revolucionaria. En Estados Unidos, un país donde la esclavitud ha marcado su historia, la igualdad entre negros y blancos que aparentemente reina en la actualidad en este territorio no era algo usual en los años cincuenta del pasado siglo. La población negra estaba marcada por la herencia esclavista y eran tratados como inferiores en casi todos los sentidos. Parecía imposible que esta situación pudiera variar, pero he aquí un pequeño gesto que cambió la historia estadounidense. Rosa Parks, una mujer de raza negra y obrera, que se negó a ceder su asiento en el autobús a un blanco cuando regresaba a casa de trabajar. Su  desobediencia provocó que fuera a la cárcel acusada de perturbar el orden público.

 
Esta pequeña acción fue la mecha que encendió el movimiento de lucha contra la segregación racial, donde también nos encontramos con la figura de Martin Luther King, en Estados Unidos. La injusta situación, la indignación del pueblo y este gesto de desobediencia fueron los motivos que encumbraron al éxito la lucha por la igualdad de derechos civiles entre blancos y negros en este país.

 
En estas dos historias se dan factores de inconformismo con lo establecido, de injusticia social y de deseos de libertad. Por supuesto, el éxito de los cambios logrados no sería tal sin el apoyo del resto de la población, también herida por esta desigualdad e injusticia. Lo normal deja de serlo, la realidad cambia y aparece un nuevo escenario en el que se ganan derechos y libertades. El poder y el sistema establecido ya no son tan fuertes e inmutables como parecían. Una pequeña revolución triunfa. Nadie dice que esto no se pueda repetir en el presente.

Ruth García Hernández

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