Mujer sin sumisión

Todavía resuenan en la memoria más reciente de la sociedad española, el alboroto creado (y más que justificado) ante la publicación de ‘Cásate y sé sumisa’. Un libro traducción de otro firmado por la italiana Constanza Miriano y que ha sido publicado por el arzobispado de Granada.   La sinopsis de este libro afirma barbaridades tales como “Ahora es el momento de aprender la obediencia leal y generosa, la sumisión. Y, entre nosotras, podemos decirlo: debajo siempre se coloca el que es más sólido y resistente, porque quien está debajo sostiene el mundo.”

 
Este mensaje es el que se ha lanzado en una sociedad en la que en la última década se ha contabilizado la escalofriante cifra de 700 mujeres muertas a causa de la violencia de género. En un país que se ha visto marcado desde hace años por el machismo más aberrante, definido con ejemplos como el que una mujer no pudiera abrir una cuenta en el banco sin el consentimiento de su padre, su marido o algún varón de su familia. Este hecho que algunos tacharán ‘de no ser para tanto’ solo recuerda lo poco que se ha avanzado en Igualdad, tangible y real en un país ‘desarrollado’ como se supone que es España.

 

 
Desde Occidente se mira con un cierto sentimiento de superioridad a los países árabes, en los que clara e injustificablemente se están violando los derechos más fundamentales de la mujer. Un ejemplo ello es el tema del burka o velo, pero pocos recuerdan que en España hace solo unos años, en plena dictadura, las mujeres también se cubrían con velo para ir a la Iglesia y se recriminaba a las que vistieran de forma poco decorosa.

 

De:  Flickr-balazsgardi
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En la actualidad, quizás uno de los peores países para ser mujer es  Afganistán. En este Estado asiático, las mujeres afganas no solo tienen que lidiar con un escenario bélico, de ataques de drones casi diarios, sino que además sufren violaciones por parte de los soldados y son encarceladas acusadas de ‘crímenes contra la moral’, tal como recoge la ONG Human Rights Watch en su informe “I had to run away. Women and Girls Imprisoned for Moral Crimes in Afghanistan”.  Estos supuestos delitos que llevan a estas mujeres y niñas a las cárceles afganas son en su mayoría casos de huidas de matrimonios forzados, escenarios de violencia doméstica, víctimas de violaciones, proxenetismo o simplemente condenas por haber  mantenido relaciones sexuales fuera o antes del matrimonio. Esta criminalización tan injusta de la mujer, que pasa de víctima a acusado de un delito,  ha tenido lugar en un escenario en el que debido a las características del régimen talibán, imperante hasta 2001, y del posterior caos bélico, la mujer ha sido condenada a un papel de absoluta sumisión a la figura masculina. Tratadas poco más que como animales sus derechos han sido pisoteados, día tras día, por el simple hecho de ser mujeres y tener que mostrar obediencia absoluta a los varones.

 
Como en todo, esta injusta desigualdad que sufre la mujer afgana tiene sus variantes si se mira a la capital, Kabul, o a las zonas más rurales del país asiático. La ciudad parece albergar un poco más de libertad para la mujer que el campo, pero no demasiada, quizás la cantidad y diversidad de población hacen que las miras de y hacia la mujer se abran un poco. “En Kabul puedes ver algunas escuelas, mujeres en la vida pública que trabajan, pero cuando dejas la capital, es difícil encontrar a chicas en la escuela o trabajando”, aseguraba la activista afgana Mariam Rawi en un artículo que recoge la organización RAWA (Revolutionary Association of the Women of Afghanistan).

 
“Cuando una mujer aprende simplemente a leer y escribir, se siente mejor, más fuerte, capaz de tomar decisiones por ella misma y su familia”; añadía  Rawi mientras señalaba el caso de países como India, Pakistán o el propio Afganistán donde “las mujeres nunca supieron sobre sus derechos, lo que pueden y son capaces de hacer, el problema es la falta de información”. Ejemplos claros de cómo se cambió la educación por la sumisión; la igualdad por una falsa fe y obediencia al varón, pues lo injusto de la situación muestra que es el miedo lo que relega a esa posición de inferioridad obligada a la mujer.

 

De: UN
De: UN

 
Tras este balance es evidente que a la mujer afgana le queda mucha lucha por delante y muchas batallas por ganar en el  ámbito de la Igualdad. Por suerte no están solas porque las barbaries traspasan fronteras y el movimiento de solidaridad femenina trabaja local, regional y globalmente en ello.  Sin embargo, también a la mujer occidental, y en concreto a la española, le quedan muchas batallas por pelear. Pues todavía alguna rancia voz nos señala que tenemos que ser sumisas, cuando en realidad debemos luchar por una plena y real Igualdad, en la que nuestros derechos sean respetados no por miedo a un posible castigo, sino porque la sociedad ha interiorizado que es de justicia universal la total Igualdad entre hombre y mujer. Y porque la mujer nunca será sumisa, la mujer es y será LIBRE.

 

Ruth García Hernández

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