Egipto, entre el Ejército y el Islam

Los sangrientos días que está viviendo Egipto no han dejado a nadie indiferente en la opinión pública internacional. Enfrentamientos y ataques continuos entre los partidarios del depuesto presidente, Mohamed Morsi, y los egipcios que apoyan la posición del Ejército son tierra y simiente para que la crisis egipcia se convierta en una guerra civil que divida en dos el país. Un conflicto que costaría innumerables vidas y que no sería fácil de resolver, según se puede deducir ante la falta de concesiones por parte de ambos bandos. A todo ello, hay que agregar la importancia del Estado en cuestión dentro de la comunidad internacional, pues Egipto ha sido y es un país con una importancia geoestratégica enorme, con una posición determinante en el conflicto palestino-israelí y además con un control transcendental de las aguas del río Nilo.

 
Estas pequeñas pinceladas pretenden acercar el conflicto a la mayoría de los lectores, pues es importante que el pueblo, la ciudadanía internacional entienda que lo que pasa en Egipto, como en cualquier rincón del mundo, es una cuestión de todos, pues se trata de un capítulo más en nuestra historia como Humanidad y del que todos deberíamos tomar conciencia. Por lo tanto, vayamos al principio…

 

Autor: Moud Barthez en Flickr
Autor: Moud Barthez en Flickr

 
De la Revolución Árabe al Viernes de la Ira

 
Hace dos años, Egipto se deshacía, después de días y días de protestas dentro del contexto internacional de las Primaveras Árabes, del que había sido su dictador durante treinta largos años, Hosni Mubarak. Tras la alegría, ilusiones, esperanzas y expectación de los primeros momentos de la Revolución egipcia, surgía la necesidad de preparar al país ante una nueva realidad, la de unas  elecciones que dieran lugar a un gobierno democrático  que a su vez respondiera a las ansias de libertad e igualdad de un pueblo oprimido y pobre.

 
En 2012 se celebraron los comicios que llevaron a la presidencia a Mohamed Morsi, líder del partido Justicia y Libertad, el cual es considerado el ala política de Islamist Muslim Brotherhood, o lo que en español se ha venido traduciendo como los Hermanos Musulmanes. Sin embargo, lo que se concibió como una nueva etapa para Egipto no ha traído tranquilidad a la población de este país árabe. La Tierra del Nilo se ha convertido en el escenario de un pueblo dividido e indignado ante la falta de ruptura total del nuevo gobierno con el régimen de Mubarak.

 

Bora S. Kamel en Flickr
Bora S. Kamel en Flickr

 
La constitución de corte radical islámico, la falta de justicia social, la vuelta de la represión policial a las calles, la inestabilidad política y económica, junto a la desprotección de la mujer (un colectivo que reclama justamente su papel en la nueva sociedad egipcia y que se ve relegado a un segundo plano olvidado y oprimido, como revelan las constantes agresiones sexuales a mujeres) son solo algunos de los aspectos que han condenado al joven gobierno de Morsi.

 
De esta manera, el pasado 3 de julio la indignación de parte de la población egipcia estallaba con el golpe de Estado que, orquestado por los militares, apartó a Morsi del poder y enfureció al mismo tiempo a sus seguidores. Las protestas no se hicieron esperar y los partidarios de Morsi y los Hermanos Musulmanes se concentraron en las plazas Rabaa al Adawiya y Al Nahda, en la capital del país, El Cairo, exigiendo la vuelta al poder del líder derrocado. La latente división social salía a la superficie de Egipto, fruto de la diversidad ideológica y religiosa de su población y la incapacidad de encontrar una forma de gobierno que satisfaga las necesidades de unos y otros. Esta falta total de transigencia por parte de los que no quieren a Morsi de ninguna manera y de los partidarios de éste que no ven otra salida más que el restablecimiento del líder islamista en el poder, dejan pocas opciones sobre la mesa.

 
Derivado de esta intolerancia y carencia de diálogo, ha surgido el escenario encontrado el pasado 14 de agosto. El desalojo forzoso de los campamentos organizados por los partidarios de Morsi, decretado por el gobierno de facto de los militares, dejó tras de sí un rastro de sangre que varía entre los 638 muertos y 3.994 heridos, según fuentes oficiales, y los más de 2.000 fallecidos que apuntan los Hermanos Musulmanes. Esta rotunda y  violenta respuesta de las fuerzas de seguridad del gobierno egipcio respondería a los supuestos saqueos, incendios, ataques terroristas y otras acciones cometidas por los partidarios de Morsi, conforme con la información difundida por el Ministerio del Interior egipcio. Por su parte, los Hermanos Musulmanes denuncian la brutalidad policial y militar y acusan a los agentes de lanzar cócteles molotov contra los hospitales improvisados para atender a las víctimas.

 
La irritación de estos últimos es tal que han hecho del pasado 16 de agosto el Viernes de la Ira. Otra jornada de enfrentamientos, que en el momento de escribirse esta información cosechaba muertos por decenas en diferentes ciudades del país como Alejandría, El Cairo, Ismailiya o Damietta. Sin embargo, este Viernes de la Ira parece que no pondrá fin a la división y constantes enfrentamientos entre la población egipcia. Mientras tanto, el resto de la comunidad internacional se debate entre su aparente laissez faire humanitario y el crucial papel que podrían jugar algunos actores internacionales, con indudables intereses en la zona, al decantarse por un bando u otro.

 
Esta es la situación que vive Egipto en la actualidad. Esta tierra ligada íntimamente a la historia de la Humanidad por ser cuna del saber y de diversas culturas, se ve hoy empañada de sangre por la incapacidad de ver, tantos unos como otros, que un gobierno democrático tiene que abarcar y escuchar a todos, y que si nadie abre una puerta a la tolerancia necesaria para lidiar con una tan rica diversidad, la muerte y la descomunal violencia irrumpirán estrepitosamente por la ventana.

 

Ruth García Hernández

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