Afganistán y el opio. Pasado, presente y futuro

Desde finales del siglo XX, en plena Guerra Fría, Afganistán ha sido un país condenado a la guerra y a la violencia, un escenario que sigue presente en nuestros días. Primero fue la intervención de  Estados Unidos y de la antigua URSS, entre 1978 y 1989, en lo que parecía un conflicto interno entre afganos comunistas y afganos islamistas, ‘mujahidines’. Este enfrentamiento no solo trajo consigo agresiones y atropellos, sino que muchos civiles (se calcula que alrededor de 3 millones) se vieron obligados a abandonar sus hogares y huyeron hacia países como Pakistán o Irán.

 
Los islamistas que lucharon en esta guerra, que fueron apoyados por el Ejército estadounidense, se hacen con el poder del país en 1996, es decir, Afganistán se convierte en un país gobernado por los talibanes. El radicalismo islamista que reina en el país condena a la mujer no solo a vestir burka sino a la opresión y la humillación continua. Prohibieron a las mujeres afganas trabajar, ir a la escuela, acudir al médico si éste es un varón, salir de casa sin compañía masculina, acudir a la mezquita a rezar… también son obligadas a casarse por la fuerza y violadas, según denuncia la organización RAWA (Revolutionary Association of the Women of Afghanistan). Para el resto de la población afgana las condenas del régimen talibán son el hambre crónica y el radicalismo religioso que lleva a los más crueles de los castigos.

 
En estos tiempos los cultivos de opio ya estaban presentes en la tierra afgana e iban creciendo exponencialmente. Así se pasó de las 57.000 hectáreas de cultivo de opio en 1996 a una cifra de 91.000 hectáreas de este cultivo en 1999. Ante esta situación, que oficialmente se liga a la actuación de los talibanes y a los señores de la guerra, en el año 2000 el régimen afgano junto con Naciones Unidas lanza un programa de erradicación de la droga, que junto al edicto religioso de este mismo gobierno talibán, el cual prohíbe el cultivo de opio; consiguen un descenso del 94% en este tipo de plantaciones.

 

UN Photo/UNODC/Zalmai
UN Photo/UNODC/Zalmai

De esta manera, y según los datos aportados por la Agencia de Naciones Unidas para las Drogas y el Crimen (UNODC), Afganistán reduce su cultivo de opio en 2001 a 7.606 hectáreas. Sin embargo, esta disminución no es duradera y al año siguiente, 2002, la cultivación afgana de opio asciende de nuevo hasta alcanzar aproximadamente 74.000 hectáreas. ¿Qué ocurre en este período que pueda justificar este cambio? Tras el ataque de la red terrorista Al Qaeda a Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001, el gobierno estadounidense de George W. Bush, recibe el visto bueno de Naciones Unidas para realizar una intervención militar en Afganistán (denominada ‘Operación Libertad Duradera’), para dar caza a los responsables de los atentados, Osama Ben Laden y otros dirigentes de dicha organización criminal, quienes supuestamente se encuentran en el país.

 
Desde este momento, el gobierno talibán pierde el control de Afganistán, con lo que el programa de erradicación de los cultivos se paraliza. Esta guerra, o como otros prefieren denominar intervención militar de EEUU en Afganistán, sigue atormentando a la población afgana hasta la actualidad. La muerte, la miseria, el hambre, la inseguridad y la pobreza parecen condenas eternas para este país, que según los últimos datos ofrecidos por el PNUD (Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo) ostenta uno de los Índices de Desarrollo Humano más bajos del mundo (0,374) y que tiene al 36% de su población viviendo por debajo del umbral de la pobreza; conforme afirma el Asian Development Bank.

 
Sin embargo, las cifras del opio siguen ajenas a esta situación y, es más, sitúan a Afganistán en el mapa como el punto de origen del 93% de la heroína mundial, como el poseedor del 82% de los cultivos de adormidera (planta de la que se deriva la heroína y el opio) en el mundo y, según datos de 2007, como el primer abastecedor de droga a nivel internacional. Fue en este año cuando el país centroasiático alcanzó su cifra récord de hectáreas dedicadas al opio: 193.000 (en la actualidad la cifra ha descendido a 157.000 hectáreas).

 
Habrá quien pueda pensar que este volumen de comercio tiene que reportar algún beneficio a la economía afgana y de alguna manera así es, pues Afganistán ha visto crecer su PIB con unos ingresos de 4.700 millones de dólares y también, según el Asian Development Bank, el 13% del PIB afgano se debe a las exportaciones de opio. Pero pensar que estas ganancias llegan a la mayoría de la población es algo ilusorio. La diferencia entre el precio de venta de la droga en Occidente y el coste con que sale de Afganistán es enorme, quedándose el mayor beneficio fuera de las fronteras afganas. Son las compañías financieras, bancas y el crimen organizado los que logran el mayor provecho de este, cuanto menos, cuestionable negocio. Es ínfimo el beneficio que llega a los campesinos afganos, quienes se ven forzados a cultivar este tipo de plantas, en vez de productos que puedan saciar su hambre crónica.

 
El incierto futuro

UN Photo/Kay Muldoon
UN Photo/Kay Muldoon

De esta manera el futuro del pueblo afgano parece quedar ligado al cultivo de opio por un largo período, cuando no eterno. Siendo Afganistán un país que mueve brutales cantidades de dinero, su importancia radica en su posición en el mapa y en el control geopolítico y militar de la ruta de las drogas. Quien domine Afganistán, algo que dada la situación actual no se puede dar al 100%, tendrá un control importantísimo sobre la principal ruta de la heroína y los beneficios que ésta reporta. Como sucede en otros lugares del mundo, los afganos parecen condenados al futuro incierto que marca el narcotráfico, con el añadido de ser uno de los países más pobres del mundo.

 

Ruth García Hernández

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