El sino del refugiado

Cada minuto, en alguna parte del mundo, ocho personas lo dejan todo para huir de la guerra, la persecución o el terror.

El Estatuto del Refugiado de 1967 define a las personas de esta condición como las que “tienen un temor fundado de persecución debido a su raza, religión, nacionalidad, membresía en un grupo social específico, u opinión política. Además se encuentra fuera de su país de nacionalidad y no puede obtener la protección de su país, de donde es nacional, o de residencia habitual, o no puede volver ahí, por temor de persecución”. En todo el mundo se calculan unos 43,3 millones de personas en esta circunstancia.

A la luz de la dureza de la cifra, no cabe duda que estamos ante un problema al que enfrentar con urgencia: los refugiados son uno de los colectivos humanos considerados más vulnerables del mundo, tan solo protegidos desde la teoría mediante la Convención sobre el Estatuto del Refugiado de 1951, y su protocolo de 1967. Ni siquiera tienen los mismos estándares de tratamiento que el resto de extranjeros en un país, con lo que nos podemos hacer una idea de la brecha brutal que se abre en la mayoría de los casos entre ellos y los nacionales.

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Y ahora, ¿qué?

Pocas veces nos paramos a pensar en cómo se convierte una persona a la condición de refugiado: un conflicto, una guerra, un desastre natural, un baño de sangre de los tantos y tantos que cubren la geografía humana pone a millones de personas en la tesitura de tener que elegir entre arriesgar la vida propia y la de la familia permaneciendo en su territorio, o huir de la barbarie en el desesperado intento de simplemente sobrevivir.

Según datos del ACNUR, en 2011 se presentaron 876.100 solicitudes de asilo o de la condición de refugiado en 171 países o territorios de todo el globo. Además, se identificaron 3,5 millones de personas apátridas –recordemos que la nacionalidad es otro de esos derechos fundamentales que a veces parecen ser mera, y tristemente anecdóticos- en 64 países, aunque se estima que sin registrar, la cifra puede ascender a 12 millones.

Uno de los efectos de que este proceso de desplazamiento se reproduzca de forma tan masiva es el de la aparición de campamentos, asentamientos de estructuras sumamente básicas y de enormes carencias sanitarias y sociales, donde se hacinan por años miles de seres humanos, y que acaban adquiriendo tamaños propios de ciudades a medida que llegan más y más desplazados sin que la comunidad internacional haga gran cosa por frenar la tendencia. La cooperación al desarrollo –tan recortada últimamente- es su principal fuente de suministros y es, por supuesto, totalmente insuficiente.

Por poner ejemplos: el campo de Dadaad, en Kenia, supone un conjunto de más de 400.000 refugiados que huyen de la pobreza y la guerra; entre 50 y 60.000 habitantes se calculan en Tinduf, uno de los campamentos de refugiados más conocidos, formado en Argelia por Saharauis huidos y expulsados de sus tierras; más de 800.000 haitianos viven todavía en campos de refugiados tras el terremoto de 2010, muy sonado en su momento en los mismos medios que hoy olvidan que aún hay mucho por hacer en reconstrucción y reubicación de tantas personas que esperan una respuesta a su difícil situación.

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El análisis del caso de Siria, en el candelero mediático, no se enfoca a fondo desde el punto de vista de la enorme masa de refugiados a la que está dando lugar el conflicto actualmente abierto. Hace solo seis días, el diario El Mundo informaba de que el número de sirios que abandonaros sus hogares huyendo de la masacre en la primera mitad de 2013, iguala ya a la cifra total de personas que se exiliaron en todo el mundo durante 2012.

Reacciones y responsabilidades

ACNUR es el principal organismo que gestiona la atención a los campamentos, aunque no es el único. Muchas ONG también se han unido a la causa y destinan tantos recursos como pueden a reducir la vulnerabilidad y mejorar las condiciones de los refugiados que pueden abarcar.

Sin embargo, para un problema de semejantes dimensiones, hace falta algo más que la noble acción de ONG, que ya han demostrado que cumplen a la perfección su papel llegando a donde la política no ha sido capaz. Cabe destacar y aplaudir su acción humanitaria en un problema ante el cual están prácticamente solos.

Una sensibilización ciudadana potente es el primer paso para que los ciudadanos comencemos a exigir un cambio a nuestros gobernantes nacionales y supranacionales. Lamentablemente nadie, ningún país ni región del mundo, por poderosa que se sienta, está libre de verse en la situación de tener que huir. Vivimos en un mundo depredador donde sin duda, este tipo de problemas son más frecuentes en el Sur que en Occidente, pero esto no garantiza la seguridad de nadie.

Puede parecer un problema de difícil solución, pero si se trabaja en una misma dirección y se conocen las particularidades de cada conflicto, con la intervención adecuada puede lograrse alguna de las que ACNUR define como “soluciones duraderas”: repatriación voluntaria en condiciones de seguridad y dignidad, integración local si el país receptor ofrece residencia, o reasentamiento en un tercer país de asilo que esté dispuesto a admitirles de forma permanente. Por supuesto cada caso y sus particularidades invalidan algunas de las opciones por lo que hay que estudiar con lupa cada uno de ellos.

La última de las opciones apenas se da, en la mayoría de las ocasiones los terceros países son observadores que se adscriben a la filosofía del “es tu problema” y como mucho se reúnen en conferencias a debatir sobre fórmulas etéreas que den una solución mágica. La repatriación voluntaria pasa por el acondicionamiento de la zona para que se cumplan las condiciones de seguridad y dignidad, y si el país en cuestión no tiene recursos para ello, toca ponerlos: incluso cuando las cámaras de televisión ya se hayan marchado.

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En definitiva, la acción directa y rápida para evitar la proliferación de las comunidades de refugiados es básica para gestionar el futuro de millones de personas y evitar que queden estancados en la nada año tras año. Por ejemplo en Sahara llevan décadas desplazados, demasiado tiempo para decir “no nos habíamos dado cuenta”.

La responsabilidad es de todos, porque la solidaridad es una opción con la que cualquiera puede comprometerse.

Alba Sánchez

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Un pensamiento en “El sino del refugiado”

  1. Debemos ser nosotros cmo pueblo común y unido,suena a utopia lo se .Pero no es menos cierto que si la sociedad no toma cartas en el asunto haciendo llegar sus reivindicaciones a los “poderosos” nada cambiará porqué la miseria y el dolor de muchos seres humanos significa para gente sin escrúpulos vivir com o viven.
    No dicen que el infierno está después de la muerte ja ja ja.

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