Motivos para una Revolución turca

Si hace un par de años los ojos de todo el mundo se centraban en la plaza egipcia de Tahrir, ahora la revolución de otro pueblo indignado pide paso desde la plaza de Taksim, en Estambul, Turquía. Como todo acto de rebelión, los acontecimientos de Turquía han tenido origen en una imposición del poder que ha colmado el vaso de las injusticias cometidas durante años contra un pueblo.

 
La depredación capitalista quería privatizar el parque Gezi y construir en el terreno un centro comercial. Lo que empezó con un grupo de 50 ecologistas para proteger un parque, se ha convertido en un movimiento que ha unificado a jóvenes y gran parte de la clase trabajadora, harta de las políticas llevadas a cabo por Recep Tayyip Erdogan, quien desde el año 2003 ostenta el cargo de primer ministro de Turquía. Entre las medidas un tanto neoliberales de Erdogan se encuentran: las privatizaciones de empresas y tierras públicas; la inmensa desigualdad entre ricos y pobres (prácticamente la clase media no existe en Turquía); la desmedida represión policial turca contra la población; las detenciones indiscriminadas de abogados, profesores, periodistas y demás intelectuales que cuestionen al gobierno; el corte islámico-conservador del mandatario; el autoritarismo cada vez mayor del propio Erdogan… en definitiva la falta de libertad de una población que se ve sin posibilidades.

 

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Los manifestantes tomaron la plaza Taksim pacíficamente para mostrar su descontento, porque como nos ha demostrado la historia durante años, las plazas son públicas, del pueblo, de su voz, por mucho que se les cubra con nubes de gases lacrimógenos. Allí montaron piquetes informativos, se sumaron miles de personas al movimiento y recibieron el apoyo del resto de los ciudadanos diariamente a través de las caceroladas, un gesto que ya se ha hecho común. Pero, tras varios enfrentamientos entre fuerzas gubernamentales y manifestantes, el 11 de junio la represión policial llegó a un grado más con dos desalojos de los ciudadanos turcos (tras ser echados una primera vez de la plaza los manifestantes volvieron a ella) a base de tanques de agua, gas pimienta y gases lacrimógenos.  A partir de esta fecha la violencia policial no ha ido más que aumentando, se arrasan las tiendas, las cargas no paran en toda la noche, Erdogan amenaza con acusar de terrorista a todo el que acuda a la plaza Taskim… La acción de la policía está respondiendo a la premisa del primer ministro quien tacha a los manifestantes de saqueadores y criminales mayores. Este concepto que usa el mandatario turco quizás tenga la misma veracidad que su concepción del libre pensamiento e información al declarar que “hay un problema que se llama Twitter. Allí se difunden mentiras absolutas (…) Esa cosa que llaman redes sociales no es más que una fuente de problemas para la sociedad actual”. Siguiendo estas ideas, el pasado 5 de junio 24 personas fueron detenidas en la ciudad de Esmirna acusadas de “incitar a los disturbios y hacer propaganda” en las redes sociales, al twittear varios mensajes de apoyo a los manifestantes de Taskim.

 
Quizás por este mismo motivo la mayoría de medios de comunicación turcos no están informando de la situación en las calles. La ley del silencio, la censura desde arriba convive con las noticias que se transmiten vía redes sociales, con los teléfonos móviles de aquellos que acuden a protestar pacíficamente por una situación que consideran injusta.

 
La sed de libertad que motivan las protestas no se ha visto empañada por el miedo que puede producir la represión policial ni por el hecho de que ya haya habido varios heridos y tres fallecidos, entre manifestantes y policía, por este motivo se siguen convocando manifestaciones para los próximos días, sin caer en el miedo por las amenazas. En las calles de Estambul se pide cambio y no acabar siendo una revuelta árabe más, no se pide la caída de un régimen, se pide libertad.

 

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¿Por qué los turcos no dejan de salir a la calle?

 
El hartazgo de la población turca es quizás el principal motivo por el cual está Revolución sigue durando días y parece que resistirá con el tiempo a pesar de las duras represalias que el poder Ejecutivo está ejerciendo.

 
El enfado de Erdogan con las redes sociales tiene origen en que éstas han servido para difundir por toda Turquía y parte del extranjero la realidad que viven muchos ciudadanos turcos. El escenario previo en que se encontraba una persona turca generalmente era el de trabajar muchas horas, por un salario bajo, malas condiciones laborales, una subida creciente del precio de los alimentos (en Turquía no hay impuestos por lo que el rico y el pobre deben pagar lo mismo por un pedazo de pan) y libertades recortadas de repente, sin previo aviso, como ha sido la suspensión de las manifestaciones del día 1 de mayo por el Día Internacional de los Trabajadores.

 
Se suma a este escenario las futuras políticas que prometía el Ejecutivo para un país supuestamente laico. Entre estos proyectos de Erdogan están: la construcción de la mezquita más grande de Europa en Taksim, el aumento del número de repetidores en las mezquitas, la prohibición de los besos en las calles, endurecer las prohibiciones de venta y consumo de alcohol, la venta de terrenos a multimillonarios de los Emiratos Árabes con el correspondiente desalojo de la población gitana…  Un cúmulo de medidas de un primer ministro de un país laíco que termina todos sus mensajes con una mención a Alá, fe que como individuo tiene derecho a ejercer pero no a imponer.

 

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Y esta suma de factores unidos a la fuerza del pueblo turco hace que cada minuto que pase la actualidad de Turquía cambie, alternándose los momentos de manifestación, con los de represión brutal y con las provocadoras palabras del primer ministro del país, quien lejos de llamar a la calma, parece querer enfrentar a los turcos. Sin embargo, aunque esta situación actual parece dura y difícil, se están dando los primeros pasos para una Revolución turca, que asegure a sus ciudadanos un futuro en el que impere la verdadera libertad,  igualdad y justicia, sin importar religión o las fortunas que posean.

 

Ruth García Hernández

Imágenes: Ana Gozalo

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